El eclipse más antiguo del que se tiene constancia histórica es del 3 de mayo de 1375 antes de nuestra era. Sucedió en Ugarit, hoy Ras Shamara, en Siria, aunque hay diversos investigadores que discuten la veracidad de estos datos. De cualquier modo, el eclipse más antiguo registrado con seguridad es el del 31 de julio de 1063 antes de Cristo, registrado por los babilonios.
Los intentos de los distintos pueblos de la antigüedad por explicar el fenómeno de los eclipses, dieron lugar a una variopinta mitología. En la India la Luna era una copa que contenía amrita, el elixil de la inmortalidad que bebían los dioses. Cuando éstos lo consiguieron por primera vez después de batir océanos de leche, Raho, un demonio, robó el primer sorbo. Así, Vishmo, el dios supremo, se encolerizó y le cortó la cabeza a Raho. Esta cabeza es la que vagabundea por el cielo persiguiendo a la Luna hasta que la alcanza y la devora, pero, como Raho no tiene cuerpo, la Luna vuelve a aparecer por el cuello mutilado del demonio recuperando su esplendor.
En China los eclipses se producían cuando un dragón celestial se comía el Sol o la Luna (de ahí que la palabra "eclipse" en chino proceda de "comer"). Para ahuyentar al dragón la gente salía a las calles y le gritaba empuñando los aperos de labranza para que dejara en paz a los astros. Por otra parte, los coreanos creían que los eclipses eran intentos del rey de la oscuridad, Ganas Nara, por robar el Sol o la Luna. Este rey malvado enviaba a sus perros para que se llevaran a los astros, pero estos se quemaban al cogerlos con la boca y los volvían a dejar donde estaban. En Egipto, cuando se contemplaba un eclipse se veía una confrontación entre Set y Horus. Set arrancaba uno de los ojos de Horus durante la pelea (que eran el Sol o la Luna) y se lo tragaba. La devolución de la luz provenía de la intervención divina de Ra que deshacía el entuerto con su poder supremo y devolvía los ojos a Horus. Los esquimales creen que los eclipses se deben a enfermedades del Sol o la Luna, por lo que evitan salir al exterior durante un eclipse para evitar contagiarse del mal que afecta a los astros. Los aztecas, excelentes astrónomos, ya sabían que los eclipses de Luna eran producidos por la sombra de la Tierra, sin embargo los representaban como un dragón que se tragaba a la Luna.
Dado el supuesto origen sobrenatural de los mismos, los eclipses han tenido una influencia considerable en ciertos acontecimientos históricos:
Uno de los eclipses más sonados por su influencia histórica es el llamado eclipse de Colón. El 29 de febrero de 1504, Cristóbal Colón estaba varado en la isla de Jamaica, el ambiente entre los lugareños comenzaba a ser tenso y el almirante sabía que pronto habría una rebelión, así que aprovechando que esa noche sería visible un eclipse de Luna, decidió ingeniar una treta para engañar a los indígenas. De esta manera se dirigió a la autoridad del pueblo para informarle que Dios, el Señor de los Cielos, se había disgustado con ellos debido a su hostilidad, y como castigo por su actitud les arrebataría la Luna. Tras las súplicas de los aterrados jamaicanos, Colón intercedió por ellos ante Dios y la Luna fue restaurada. Así que Colón y sus hombres obtuvieron de los indígenas todos los bienes que quisieron y aseguró a Colón un feliz retorno a su tierra.
Además de cambiar el curso de la historia en ciertos acontecimientos puntuales, los eclipses, tanto de Luna como de Sol, han permitido lograr avances en la ciencia y conocer mejor nuestro planeta. Un buen ejemplo es el de Aristóteles (350 a.C.), el que tras observar que en cada eclipse se proyectaba una sombra curva sobre la Luna, y creyendo que esa era la sombra de la Tierra, afirmó sin temor a errar, que la Tierra era redonda y que, por lo tanto, la sombra proyectada por ella en los eclipses futuros continuaría describiendo una curva. Aún más, Aristóteles midió de manera rudimentaria la curvatura observada en los eclipses y llegó a la conclusión de que la Tierra debía ser entre tres y cuatro veces mayor que la Luna, un resultado muy aproximado, ya que la Tierra es 3,66 veces más grande que la Luna. Sin embargo no acaban aquí las deducciones de Aristóteles, así, escribió: "Cuando el centro del Sol, el centro de la Luna y nuestros ojos se encuentran a lo largo de una línea recta(...) el cono de la Luna y su vértice en el ojo comprende al Sol al mismo tiempo (...)", lo que viene a decir que el tamaño angular del Sol y la Luna es el mismo, por eso la Luna puede ocultar al Sol, pero continúa: " (...) aunque otras veces un borde externo de cierta anchura rodea al centro (de la Luna). Por tanto, debemos concluir que la diferencia de tamaños de ambos cuerpos (...) se debe a la inequidad de distancias". Como sabemos, Aristóteles acertó en su teoría, el tamaño de la Luna varía porque su distancia a la Tierra no es constante, y cuando se sitúa lejos y cruza frente al Sol, no cubre más que una porción del mismo, produciéndose un eclipse anular.